Durante los meses de abril y julio de 2017 masivas protestas colapsan algunas capitales del país. Cientos de jóvenes se enfrentan a la represión de la Guardia Nacional y los policías antidisturbios, algunos caen, otros son detenidos; con el paso de los días, las protestas se vuelven más y más violentas, los héroes anónimos, dotados simplemente con máscaras y capuchas elaboradas por ellos mismos persisten en su justa lucha: derrotar a la dictadura de Nicolás Maduro.

La prensa privada nacional e internacional muestra sus voces, sus rostros cubiertos y sus anhelos de democracia; las señoras de alguna edad bajan de los edificios y les proveen de agua y alimentos, se hacen colectas y crowdfundings  para garantizar su presencia en las calles y la continuidad de la lucha. “Estamos cerca del final”, aseveran con profunda convicción analítica todas las cabeceras de prensa.

Esos jóvenes libertarios o, como los llamaban algunos medios en esos días: “libertadores”. ¿Qué hacen hoy? Tras la vuelta a la tranquilidad en la ciudad, ¿qué piensan? ¿Cómo se involucraron en las protestas?

Como suele suceder, ésta no tiene nada que ver con la historia que vimos en las pantallas y en los periódicos. Cuando acaba el espectáculo y se borra el maquillaje, afloran las historias de verdad y la construcción fabulada de los medios deja paso al conteo de daños, desechando en el camino muchos actores de reparto, y algún que otro protagonista.

Algunos de los jóvenes que participaron en las guarimbas no estaban ahí por convicción. No eran los mediáticos indignados luchando por la libertad. Entre 50 y 100 mil bolívares, alcohol, mucha droga y la efímera fama que otorga la prensa eran su paga diaria. Jóvenes reclutados en barriadas populares para servir de primera línea de ataque contra los funcionarios del orden, contra escuelas, transporte público, instituciones. El trabajo implicaba vandalizar la ciudad, generar caos, posar para los fotógrafos internacionales y, en algunos casos, morir.

Hoy, algunos de esos héroes deambulan y duermen a la intemperie en sus otrora campos de batalla, es común verlos por Altamira o Bello Monte, pidiendo limosna en las inmediaciones de los edificios y parques. Y aquellas señoras de alguna edad, y también señores, que ayer los ensalzaban, hoy los miran con miedo y asco. Pasaron de héroes a parias. Y ya los medios no cuentan su historia.