En el mes de diciembre, mis aguinaldos se esfumaron casi tan rápido como mi esperanza de obtener el pernil que nunca llegó. Sin embargo, yo intenté tomármela con “soda”, hasta que el tema se convirtió en un “show”: las explicaciones llegaron tarde y no sirvieron ni para disipar las dudas ni para calmar las aguas.

Al parecer los culpables eran los portugueses con los que una semana después nos reunimos y abrazamos en la Cancillería, pero finalmente los perniles se pudrieron fue en Colombia, y la gente protestó por su ausencia, pero en Antímano, La Vega, La Cota 905 y Catia.

Los más “conscientes” (o resignados) intentamos papear cualquier cosa, pero al menos por mi casa la SUNDEE se lanzó par de operativos fugaces y los carniceros cerraron hasta enero, escondieron todo, o se lanzaron tremendos aumentos.

¿Cómo entender todo esto?

Por ejemplo: ¿Qué ha pasado, estructuralmente, con los cochinos?

“En el caso del cerdo, tuvimos años donde la producción nacional era capaz de abastecer el consumo, sobre todo en 2006, 2007, y 2008, y hasta el 2011, donde importamos solo para lograr tener un consumo más accesible vía precios porque así el Estado asumía el subsidio del precio real”, nos explica Juan Carlos Loyo, economista que hoy se desempeña como profesor de la Universidad Bolivariana de Venezuela, pero hace unos años era ministro de Agricultura y Tierras.

Entonces ¿qué ha pasado? “La producción industrial del cerdo, no tanto del tipo artesanal, sino la industrial, depende del alimento balanceado, igual que en la producción avícola, esas importaciones se redujeron, y eso nos llevó al escenario de diciembre. Sin embargo, con planificación previa e inversiones, se podría lograr el abastecimiento necesario año tras año, pero esto requiere dólares, sustituir algunos componentes de la estructura de costos por otros de origen nacional, o incentivar variantes no industriales. El cochino es importante, en el caso de Cuba bajo el periodo especial esa fue la proteína animal por excelencia”, agregó.

No obstante, pareciera que nosotros no solemos tener suerte a la hora de encontrar alternativas.  Para muestra un botón: Hace muy poco (el 12 de septiembre), el gobierno venezolano anunció (no por 1era vez) el lanzamiento del denominado “Plan Conejo”, pero esta iniciativa no ha visto luz. De hecho, solo ha servido para que la oposición se mofe por las redes sociales. ¿Por qué?

Más del polémico "Plan Conejo"

Todo país tiene un perfil nutricional (…) En el caso de Venezuela, la proteína animal siempre ha jugado un papel determinante, en especial la proveniente del pollo, la res, y el cerdo (…) De hecho acá uno puede medir los niveles de inanición o los problemas vinculados a la insuficiencia de una dieta adecuada, a partir del consumo de la proteína animal, mientras que en otros países es por los cereales. Hay otras proteínas animales, así como hay otras vegetales, pero en líneas generales esas son las que más se consumen”, profundiza Loyo, mientras yo me pregunto: ¿qué carajo tiene que ver eso con mi pregunta?

“Mucho. Pues en mi transitar por estos caminos, el único estado donde yo veía que todo lo que tuviera sangre caliente era cazado y asado fue en Apure. Entonces, hay otros animales como el conejo, el ovejo, las cabras, incluso los patos, o el chigüire, pero cualquier menú es una construcción social-cultural. En Venezuela ese es un tema poco explorado, pero gran parte del no aprovechamiento de otras proteínas tienen que ver con esto, con que no hemos abordado el tema de manera adecuada, por eso fue objeto de burla por las redes, aunque en varios restaurantes cacherosos el conejo es un plato exclusivo, es la paradoja”, expresa.

Ajá, pero resulta que hoy la gente tampoco puede costearse la construcción socio-cultural en forma de menú a la que estamos acostumbrados. ¿Es justo que un kilo de pollo o carne cueste lo que cuesta en las carnicerías de Caracas?

“Hay que analizar con calma lo de la carne y el pollo, porque acá, en los primeros diez años del gobierno bolivariano, se incrementó el consumo de ambos, hasta 27 y 28 kg, per cápita, pero además en estratos que históricamente nunca la habían probado, estratos D, E y F (…) En eso nos ayudó un apalancamiento de importaciones, un incremento de la producción nacional, incluso cuando luchábamos contra el latifundio pues inyectábamos inversiones para incrementar el rebaño nacional”, nos explica Loyo.

Y vuelve la periodista… ¿qué nos pasó? “En el caso del pollo, la industria venezolana tiene características particulares, hay 6 ó 7 grupos con el dominio de la cadena productiva, desde la genética (pollitos bebé) hasta el alimento balanceado, lo cual es importante porque 70% de la estructura de costos depende de este alimento, que no es más que una combinación de soya, maíz, micro y macro nutrientes, acá tenemos capacidad de producir soya y experiencia en maíz, pero los micro y macro nutrientes son formulaciones amparadas por patentes y no hemos desarrollado una industria propia que genere sustitutos”, precisa.

¿Y cómo es el business? “Estos grupos recibían dólares del Estado, desde los 90, importaban genética, alimento balanceado, etc. Entonces, surgieron productores avícolas con granjas abastecidas de esta genética y alimentos, ahí hacían crecer el pollo y se los regresaban a estos grupos, que también se quedaban con el beneficio final de la venta. Este sector, con la caída del petróleo, cerró operaciones, y los primeros que pagaron el plato roto fueron esos productores que vieron cerradas sus granjas. Además, hemos tenido dificultades en instrumentar un esquema de regulación adecuado”, puntualizó.

¿Igual con las vacas? Loyo se apasiona y apunta: “en ese caso, tenemos una gran producción que está dispersa entre miles de productores, el 60% son medianos y grandes, es decir, van a los mataderos, el otro 40% tiene rebaños pequeños de autoconsumo. En nuestros mejores momentos de producción, que fue en 2011-2012, llegamos a tener incluso una paridad entre 60-40 entre el origen nacional y el importado”.

¿Qué sucede? “Acá hay 52 mataderos industriales, nosotros llegamos a tener una unidad técnica de la carne que hacía supervisión diaria, porque el beneficio del animal es diario, el hecho es que esos 52 mataderos entregan a grandes distribuidores con el poder del frío de almacenamiento, luego estos van a los mercados mayoristas, a los municipales y finalmente a las carnicerías. Pero resulta que algunos de estos mataderos pertenecen al mismo grupo empresarial (dueños) y también muchos distribuidores están relacionados a esos mataderos, hay una especie de control oligopólico de esta etapa fundamental”, nos relata.

Y al final, como siempre, quedan las carnicerías que son un eslabón mucho más difícil de supervisar, y los mercados mayoristas y municipales, que legalmente son públicos, pero funcionan como privados.

“Nosotros habíamos llegado a acuerdos con los productores, pero no se amarró bien a la mesa el papel de esos mataderos, de los distribuidores, los mercados mayoristas y municipales, entonces, para un lado funciona la regulación, pero el resto de la cadena se trancó”, recuerda Loyo, al tiempo que precisa “también existe tráfico de ganadería hacia Colombia.

En efecto, desde hace tres años las asociaciones ganaderas colombianas lo han estado denunciando, hubo incluso un reportaje de El Tiempo, donde se alertó la situación. “Nosotros no hemos sido lo suficientemente eficientes para parar esto (…)

Es hora de jugar duro, agresivo, con el tema del pollo, la carne, el huevo, que es muy consumido por los niveles económicos más bajos, nosotros los asalariados dependemos de este tipo de proteínas, esto preocupa, saca las neuronas cada día”, agrega.

¿Quiénes diseñan los patrones de consumo del venezolano?

¿A quién más le mueve las neuronas este problema? ¿En cuáles cabezas no estará ocurriendo la necesaria sinapsis? ¿Qué podemos hacer nosotros, los de a pie, para ser parte de la solución? ¿Existen otras formas de encarar el problema? ¿Cuáles? Con este espíritu y en nuestra próxima entrega, intentaremos averiguar si al menos el pescado puede ganarle al cochino, así sea nadando.