Con cada pobre de la tierra viene un látigo.

Cuando nació Marielle, nació también su verdugo.

Un hacha oxidada se posó sobre el marco. Esperaba un portazo.

Pero Marielle nació sin puertas, en una casa de bloques desnudos, al lado de otra casa todavía más angosta, entre las cuales no caben los árboles, y por las cuales una madeja de cables simula las ramas y el nido.

En aquel laberinto de cemento, Marielle creció descalza, sumergida en los vertederos de agua, donde lavó la ropa su madre y también ella. Más tarde, su hija Luyara.

En Maré los apagones son tan recurrentes como las ejecuciones. Se hacen documentales sobre las arterias por donde circulan las drogas en su favela, pero nunca se filma cómo se consumen en los barrios ricos. Ejecutan los mismos que controlan el tráfico, ejecutan a través de pobres uniformados, bandas de exterminio oficiales y paraoficiales. Ejecutan, pero primero condenan, criminalizan, despojan de humanidad a la favela, a su gente mayoritariamente negra.

Todavía en tránsito a ser mujer, una bala perdida de los enfrentamientos entre el narco y la policía, mató a su amiga. Con ella creció. Quiero saber su nombre, el nombre de aquella niña, para decirlo en voz alta y apaciguar la sed que me producen algunas almas, pero no lo consigo. No sé cómo se llama, ni cómo era. Y me queda en la lengua escaras de sal.

Esa niña fue la brisa que hizo incendiar el corazón de Marielle.

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14 de marzo de 2018. 21 hrs.

Sólo había una forma de hablar más alto que Marielle. Matándola. Y todavía así, su grito se enredó entre los nadie, de los cuales venía y hacia los cuales iba.

El mundo no hubiese sabido de ella de otra manera, porque es “invisibilizable”. Es mujer. Es madre. Es pobre. Es lesbiana. Es socialista. Es crítica. Es política. Es negra (como 71 de cada cien brasileños que mueren en manos de la violencia, en el gigante del sur). Es “favelada”. Es cercana. Es trabajadora. Es imperdonable.

Su asesinato abre y cierra las rotativas. De otra forma no hubiese obtenido primeras planas.

Los matones no guardaron las formas, la esperaron, la siguieron, usaron balas de los cuerpos de “seguridad” (de la Policía Federal), los mismos a los que Marielle denunció por uso excesivo de la violencia contra los jóvenes pobres de las favelas (*). Necesitan decirle al mundo que no es bueno ser bueno. Marielle, era un quiste para los corruptos que gobiernan Brasil y decidieron extirparlo ejemplarmente, como a otro 36 concejales (ejecutados desde 2016). No es raro entonces que la carroña coma de ese cadáver llamado Brasil y titule con el nombre de Marielle editoriales, crónicas, noticias, reportajes, manchetas, después de muerta bien muerta. Viva, ni de coña.

Temer califica el homicidio contra la concejal socialista como “atentado a la democracia”, como si él mismo no la hubiese ejecutado, a la democracia. Su ministro de justicia advierte que Marielle fue víctima de la inseguridad (discurso que pretende justificar la militarización que combatía la concejal) y que la “trágica muerte” no debe ser “politizada”, como si no se tratara a todas luces de un crimen político: no robaron nada, fueron contra ella, nueve balas, cuatro en su cabeza, huyeron.

En manos de ese aparato, el mismo que justifica el golpe contra Dilma, la regresión a las prácticas dictatoriales está la investigación sobre la muerte de Marielle.

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Cuando matan a la esperanza, yo la imagino niña:

Marielle corre abajo en las infinitas escaleras del barrio. Marinete, su madre, le grita. Pero a Marielle los rayos del cabello le estiran la sonrisa lo mismo que bloquean el ruido. Afuera las balas cortan el aire. Marielle persigue a su amiga. Supongamos que también se llama Marielle. Un golpe, otro. Cae. La sangre se expande sobre los poros de su ropa. Marielle se ve a sí misma, herida de muerte. Voltea y el cielo se viene encima. Su amiga la recoge. Marielle sabe andar sola, pero con ella camina mejor.

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(*) El mismo día que mataron a Marielle, balearon a Marcelo Diotti da Mata, marido de Samantha Miranda, antigua compañaera del ex concejal Christiano Girao, a quien se le acusa de liderar el escuadrón de la muerte Gardenia azul en Jacarepaguá. Girao fue indiciado, junto a más de 200 implicados, por una investigación llevada a cabo por Marielle y Freixo. El ex concejal andaría por su cuenta, entrando y saliendo del edificio legislativo a su gusto, días antes.