Zulma vive en un -micro- piso que logró alquilar, trabajo esclavo mediante, casi un año después de llegar a Alicante. Es inmigrante ilegal, una de los once mil que llegase a España, de enero a julio de 2017, según cifras oficiales.

Se mantuvo los primeros tres meses como turista. Luego, se empadronó. Seguidamente, solicitó asilo. Y, casi inmediatamente salió embarazada.

Su piel de río se estría y abulta la cabecera.

En ese país, el hijo heredará su estatus de ilegal.

Su barriga no ha sido garantía para un mejor trato de los organismos de seguridad. Y, en una de sus múltiples visitas a sanidad le recomendaron abortar y la calificaron de irresponsable por no hacerlo.

Pasó de vivir en un barrio gitano a uno más cercano al centro de la ciudad. Igual sigue siendo pobre. Vive de recoger la cosecha en los campos que bordean la ciudad.

Los nadie del mundo, cuando se mueven, van a engrosar la pobreza del lugar al que llegan. El sueño europeo, ese que venden en las películas, es una entelequia, una excepción.

Zulma, de Ciudad Bolívar donde el Orinoco toca la puerta, vive en el desierto español, donde ningún agua es dulce.

Los de enfrente son inmigrantes, también.

Hoy, ha bajado corriendo al apartamento de la vecina española, para que la ayudase. Quería, y no podía, denunciar. A la muchacha de enfrente, el marido -como todos los días- la golpeaba, pero esta vez la mujer pide que no la dejen morir, que avisen a su padre en Colombia, a la policía.

En todas partes brota la flor, menos acá, menos ahora.

Se desborda el estanque.

Zulma no puede avisar a la policía, porque a continuación le exigirán papeles y etcétera (la pueden recluir [y en los Centros de Internamiento para Extranjeros la pueden golpear, torturar, violar con total impunidad], la pueden expulsar, y como solicitó asilo, tampoco su país la recibirá).

Al edificio llegan ocho funcionarios. Tocan la puerta contigua. Nadie responde. Saben que están allí. Al principio, les parece que el hombre la ha matado. Pero una de las vecinas observa a la víctima, en el balcón de su casa. Ha decidido no abrir, no denunciar. Otra vez.

En los nueve primeros meses de 2017, España contabilizó 119.213 mujeres víctimas de la violencia de género y 125.769 denuncias.

La vecina española responde a todas las preguntas por Zulma, quien desde el principio decidió no hablar. “¿No ve que está muy nerviosa?”, arguye la española al policía.

Sólo asiente o niega, con la cabeza, mientras llora.

Siente que se va a orinar encima.

Claudel la describe: “Todo lo que el corazón desea puede reducirse siempre a la figura del agua”.

Dice que más nunca la va a ayudar, que cómo se le ocurre a su vecina sacar a mear al perro, de la mano de su captor, durante la tarde de ese mismo día. Yo le pregunto qué va a hacer cuando la mate ¿cómo se va a sentir? ¿Que si no sabe que esa vecina está destruida y no puede sino pasar la lengua por las grietas de su desierto?

Pero ¿qué hace ella? ¿escucha como la mata, por temor a morir un poco también? ¿Llama a la policía y muere con ello? ¿Cuando la maten, señalarán al inmigrante como peligroso y esto contribuirá a la -ya de por sí- maldita situación de buena cantidad de los obreros esclavos, en España? ¿Esto es el primer mundo? ¡Esto es!

En ese país es más fácil que te violen y no pase nada, que te hagan ciudadana. A Zulma le tienen que pasar (sí, pasar) tres años de ilegal para que pueda optar por la residencia, quince para la nacionalidad.

Recientemente, el juzgado que llevase la violación de una chica de 18 años por cinco hombres en el San Fermín de 2016, calificó como “abuso” la violación perpetrada y absolvió de su participación a los cinco responsables, que se hacen llamar La Manada. Los condenaron sólo a 9 años, porque en la cara de la violada no se constataba miedo, o dolor, sino “jolgorio”. ¿Qué tiene que pasar en el país de origen de Zulma, que hace que prefiera este contexto, que el propio?

Zulma extraña las ondas que dibuja el delfín rosado y que algunos confunden con el lomo del agua. Nadie extraña a Zulma.