Yo quise jugar béisbol.
Papá jugó, mis hermanos jugaron, mis primos, mis amigos, mis novios.
Yo apenas alcancé a ser porrista, pequeñita (los pompones eran más grandes que yo).
Pronto supe atajar, lanzar, batear, correr las bases.
Pero era niña.

Viví en un pueblo de producción pelotera, por decirlo de alguna forma. No hay ninguna estadística pública, sin embargo es muy probable que en Charallave (y en todo Valles del Tuy) se produzcan más beisbolistas que ninguna otra “cosa”.
Y sí, digo cosa. Me refiero a la cosificación de las virtudes de un niño en el campo: cuántos metros corre, en cuánto tiempo, cuánto batea, cuál es la velocidad con la que baja su brazo y la pelota a ‘home’, o cuán preciso es el lanzamiento de ‘home’ a segunda, del jardín al ‘home’, cuántas veces la saca del estadio. Números.
La preparación física no se traduce necesariamente en que el niño esté preparado para las dinámicas impuestas por las organizaciones internacionales.

Les suben o bajan la edad, con la violaciones legales que eso conlleva; o aplican la figura del “protegido” a niños hasta los 16, 6 años, cuando pueden firmar un contrato; luego, pueden ser desechados, sino cumplen con las exigencias previstas.
Es un mercado voraz, un todos contra todos. Para llegar a ser profesionales deben escalar peldaños que implican muchas veces humillaciones, hambre, enfermedad, y hasta que logran estar con alguna organización “seria” no se ocupan de la salud mental.

Los niños crecen con la fantasía de convertirse en grandes personajes del deporte, sobre todo porque con ello podrían salir de la pobreza. Mucho no importa la educación formal, ni emocional. La mayoría convierten al béisbol en un trampolín. Y se saltan la maduración necesaria para enfrentar el alejamiento de la familia, el desgaste del cuerpo, el envejecimiento, y en consecuencia un potencial empobrecimiento.

Yo quise jugar béisbol. Pero el papel de las mujeres es el de acompañantes.
A todos, incluso a mis hermanos les parecía cómico que yo quisiera entrar en el diamante.
El béisbol primero es machista, luego es un negocio. No es sino una expresión del sistema en el que se inscribe el deporte nacional.

Recientemente se ha hecho viral el vídeo de la golpiza que le propinara un beisbolista charallavense a su compañera, en las escaleras del estadio en el que jugara en Estados Unidos durante el año 2016, también los posteriores despidos a los que fue sometido.
Yo conocí al agresor, a Danry Vásquez, antes de que fuera prospecto. Lo conocí poco, afortunadamente. Su conducta no es extraña, sólo que se hizo pública. Tampoco es exclusiva.
Danry es un ejemplo de cómo actúa una persona con poder contra otra. De cómo, específicamente, actúa un macho contra la mujer. E incluso, más allá de eso, cómo actúa el sistema cuando es expuesto.
Ninguna organización en Grandes Ligas lo quiere, no porque sea un potencial femicida, sino porque los hace ver mal. Ninguna se hará cargo de las multas a cambio de tenerlo en el róster, porque hay hombres con mejores potencialidades, más rentables, con el bate más largo (en el béisbol el bate es una extensión del pene).
De no haber un registro audiovisual, aquello no hubiese pasado de un malentendido entre dos familias, a menos que la hubiese matado. Después de todo, a él se le disculpa, a ella se le culpa (*).


Mi papá no me enseñó a lanzar pelotas, aunque algunas veces se permitía la licencia; yo aprendí sola, porque tuve aptitud. Me enseñó sí a cerrar los puños, a conectar un gancho y a esquivar los golpes. Sabía dónde crecía, con quiénes.
¿Y si se les enseña a los hombres a no golpear?

Yo no pude ser beisbolista. Tampoco víctima.


El cielo de mi pueblo
no sabe
si aquello
es fly o pájaro
La algarabía
por un jonrón
es tristeza de vecino
En el solar de Evencio
caen bolas
y caen mangos
El swing de Charallave Ríos
bate los jabillos de la plaza
Llaman a los niños compoticas
a los juniors
les reclaman caminar
con tacos sobre asfalto
En mi pueblo hay tres estadios
y todas las caimaneras
En la zona de calentamiento
del Ramón Pérez
mataron a mi primo
Su hijo lo recogió
Su hijo quiere dejar de estudiar
vivir entre segunda y tercera
El campo es corto
Los bates de madera perfectos
me gusta
el sonido de la pelota contra el aluminio
He llorado con ponches
he sentido sobre mí la mala suerte
de un puño de tierra que vira la pelota
Dejé las gradas
me perdí
como aquella bola
en el plan del barrio
Mi hermano fue una promesa
pero su guante se rompió
No quise más béisbol
Me volví costurera
menos parecida a mí
más parecida a una mujer
Más triste.

(*) Hay quién se pregunta por qué Fabiola Pérez, la víctima de Danry Vásquez, no se defendió. Nadie entiende a la víctima. (Quién entiende por qué los obreros siendo más en número, manejando los medios de producción no se levantan contra los amos, por ejemplo). La situación psicológica en la que debió encontrarse no le permitió defensa y tuvo que ir en ascenso, para pudrir en ella cualquier intención de defensa. Pero, más allá de eso, ¿por qué insistimos en culpar a la víctima?