Corría la tarde del 27 de febrero, hace 29 años la ciudad ardía en las brasas del Caracazo, pero hoy se encuentra cubierta por un inusual e intenso frío, el cual no impidió que la gente se movilizará para acompañar al Presidente a inscribir su candidatura para la reelección.

De ese acto venía Iraida, con una chaqueta negra y unas zapatillas marrones que parecían muy débiles para tamaña caminada. Tomó una silla plástica y se sentó a mi lado: “A mí me gusta marchar”, me dijo, mientras se quitaba un poquito los zapatos.

Estábamos en el Campamento de Pioneros “Luchadores de mi Patria”, entre las esquinas de Miguelacho y Tracabordo, en La Candelaria, donde antes solía haber un estacionamiento y donde aún se conservan las garitas de vigilancia. A nuestro alrededor, unos muchachos se esfuerzan para reparar una moto que suena como si estuviera a punto de desarmarse.

“Aquí nadie nos quería, nos pitaban, pero hoy nos aceptan, nosotros ayudamos a la gente a comprar y subir sus bombonas de gas, organizamos ventas de pescado, intentamos hacerles ver que no traeremos inseguridad”, me dice Iraida, mientras dos carajitos juegan baloncesto y unas muchachas, detienen la hechura de una pancarta, para preparar café.

Iraida forma parte del Movimiento de Pobladores y Pobladoras de Venezuela, una agrupación que nació en el año 2002 y aglutina a los Comités de Tierra Urbana, las Trabajadoras Residenciales, el Movimiento de Inquilinos, los Campamentos de Pioneros, entre otros. Todos bajo un mismo objetivo: el derecho a una vivienda (y un hábitat) digna.

Un derecho difícil de conquistar cuando se trata del país más urbanizado del hemisferio (Venezuela), donde cerca del 90% de la población vive en ciudades y el 60% en barrios autoconstruidos, sin seguridad jurídica de la tierra que ocupan, y en condiciones, muchas veces, vulnerables.

“Mi situación con la vivienda antes de casarme era ‘normal’, es decir, vivía en casa de mis padres, un espacio muy humilde, en el Barrio 5 de Julio, en Petare, yo me casé en el 92, y entonces alquilamos una casita muy pequeñita en el sector La Capilla, después de eso todo fue un ir y venir, me tocó mudarme cada dos o cuatro años”, recuerda. Ella también vivió en el Callejón Urdaneta, en la Calle Guaicaipuro, etc., todo dentro del mismo barrio. De todas las casas se tuvo que ir, a los trancazos, de la misma forma en que aprendió las distintas modalidades de desalojo que pueden coexistir en este sistema.

“Yo hacía trabajo social, pero, además, mi hermano se había metido en las filas de Bandera Roja, y yo terminé siendo una especie de aliada, de esa que tiene tareas específicas, pero allanaban las casas, algunas compañeras cayeron presas, y eso me produjo una especie de raya en el barrio, es decir, se creó cierto temor en la gente a la hora de tratarme”, me cuenta.

Sin embargo, Chávez se hizo presidente y algunas cosas empezaron a cambiar. “Sale el decreto 1666, sobre los Comités de Tierras Urbanas. Antes todos los barrios eran considerados como áreas verdes, pero Chávez nos dio ese decreto, ese reconocimiento, títulos de propiedad, bienhechuría, entonces, a raíz de eso, yo pasé de lleno a las filas chavistas”.

En ese instante, yo recordé una de las últimas pautas de Chávez que me tocó cubrir: al lado del emblemático “muro” de Petare. Sin embargo, Iraida rememoró otro día, uno cuando el Comandante fue a entregar títulos de tierra a La Vega y ella agarró tremendo arrecherón:

“Yo estaba molesta porque sólo tomaban en cuenta a ese sector, entonces cerramos una calle y protestamos. Pero llegó María Cristina Iglesias y nos mandó a ir a la oficina técnica nacional, yo fui, fui a reclamar y lo que me ofrecieron fue trabajo. La mujer me dijo: si tú no quieres que eso siga pasando pues incorpórate y organízate”.

Entonces, Iraida se integró. “Y después que entregue muchísimos los títulos de tierra, me desalojaron a mi, y ¿sabes por qué? Por chavista, eso fue durante el intento de golpe de Estado que le hacen a Chávez”.

En efecto, Iraida se mudó, pero a otra casa del mismo barrio: “Yo tenía la facilidad de conocer todo, estar en los comités, haberlos censado (…) pero, después de las primeras guarimbas, algo cambió, ese era un barrio unificado, con mucha oposición, algunos muy pero muy cercanos a la derecha, sin embargo, había respeto, hasta que empezaron a generarse situaciones de inseguridad muy misteriosas”.

La mirada de Iraida se pierde en el fondo del campamento, donde se divisan unas mesas organopónicas en construcción. “Se creó zozobra, terror, mucha gente creía que se trataba de una disputa por alguna plaza de droga, pero no (…) los malandros que uno llama los malandros buenos, es decir, los que se incorporan al trabajo, respetan a los carajitos, lo cuidan a uno, empezaron a ser asesinados, nos quitaron nuestra protección, y el nivel de inseguridad se incrementó (…) fueron matando a la gente que vivía a mi alrededor, quemaron el tercer piso de mi casa, hasta que alguien me dijo: ¿tú no crees que te deberías ir?”

Yo aún no entendía qué tenía que ver todo eso con el movimiento, con el derecho a la vivienda, hasta que ella sentenció: “Ese es el nivel de desalojo más arrecho que existe, porque si intentan desalojarte con un aumento de alquiler, bueno, tú te pones a pelear o buscas cómo resolver, pero si te desalojan diciéndote ‘es la muerte o te vas’, es distinto, es como si te pusieran una pistola en la cabeza todos los días cuando amaneces. Ellos querían que yo me fuera: de la casa y del barrio”.

Iraida rompe en llanto, y yo no sé bien qué hacer, hace apenas unos minutos éramos un par de desconocidas, pero de repente, a través de su relato, nos convertíamos en una misma persona, extendí mi mano y solo alcancé a susurrar un tímido: “vamos, ya”. Pero, ella insistió:

“Además es una forma de desalojo que la gente no ve, no nota, porque nadie denuncia, ¿a quién vas a denunciar? Te roban tu noche (…) Ahí se vivió una guerra y no tuvimos conciencia de eso (…) Yo a veces voy, cuando el barrio está tranquilo, me alegro al verlos, se alegran cuando me ven, pero hay partes a donde no he podido volver, muchos recuerdos, te estoy hablando de más de diez personas muertas de golpe”.

Así fue como Iraida terminó desalojada de Petare. Hoy se encuentra en un municipio cercano, pero en un ambiente diferente: “Me fui a un campamento temporalmente, en Chacao, una comunidad hermosa, con gente muy unida a pesar de las diferencias, sin embargo, allí también había peos a cada rato, porque Polichacao se metía, etc., pero yo me sentía protegida porque todo el mundo defendía el espacio, aquí sabemos que nadie está solo”.

“Pero si en el barrio son más”, le insisto. “Si, pero en el barrio nos siembran terror y nos aíslan, al punto que a veces la gente ni se asoma a ver qué pasó, cuando mataron a mi ex suegro en Petare, con un tiro en la frente, yo le pedía a la gente que ayudara y nadie ayudaba, costó conseguir un carro para sacarlo al hospital”.

Iraida me dice que en el “Campamento de Pioneros 22 de enero” ha tenido alojo solidario, sin embargo, no será ahí donde eche raíces. “Es transitorio, ellos aún no viven ahí porque falta culminar, pero hacen sus guardias, es un espacio ya destinado (…) ahí entendí que la vivienda es lo de menos, lo más importante es lo que está detrás: la gente no busca 4 paredes, busca su seguridad”.

En eso, se encendió la alarma de un carro cercano, y mientras buscaban apagarla, yo aproveché para beber el último sorbo de café, sonreír ante la presencia de una gallina en una especie de “jaula” creada con unas cajas del CLAP, pero soltar mi última amargura: ¿Tú estás clara que esto no alcanza para solventar?

“Ni con los dos millones de viviendas ya entregadas, ni con la Gran Misión, se solventará todo el problema, pero allí y aquí se consigue algo ¿sabes qué? La esperanza (…) Los pioneros luchamos por vivir en comuna y no nos rendimos”

¿Segura? “Yo, con los Comités de Tierras, me iba a impedir desalojos, nos caíamos a coñazos con la policía, pero no nos sacaban, somos una plataforma, nos apoyamos, y estamos retomando esos inicios porque acá se prohíbe el desalojo forzoso, pero sigue habiendo desalojos, y el negocio inmobiliario ha arreciado a la par de la crisis”.

En Venezuela, como en el resto del mundo capitalista, la vivienda y la ciudad son una mercancía costosa negada a las grandes mayorías. Pero, el Movimiento de Pobladores y Pobladoras cree en la posibilidad de revertir esta “lógica”.