Eduardo es un tipo arrecho. Desde niño fueron sólo su mamá, su hermana y él. Luego llegó Juan Carlos, otro hermanito. Vivían los 4 en un cuarto pensado para una sola persona.  

A los 18 años se graduó en la Unidad Educativa Fe y Alegría de Técnico Medio en Química Industrial con un promedio de 18,3 con una meta: estudiar medicina.  En ese momento, la OPSU no permitía que ningún Técnico Medio estudiara Medicina en otra ciudad que no fuera la de su origen: sólo los bachilleres en Ciencias podían hacerlo. Pero, Eduardo buscó la manera:  entró en la UDO de Cumaná a estudiar Biología y después de un año pidió cambio de carrera y traslado. Todo se lo aprobaron.

Él es el futuro de la familia. pero ese futuro no llegará  fácil.  A sus 19 años deja su casa y se muda a Barcelona -Venezuela- a una nueva vida en medio de una crisis económica feroz.  “¿Y ahora qué hago?” fue su primer pensamiento al calcular que para estudiar debe pagar habitación, comida, transporte y los materiales de la carrera.

LA RONCHA DEL DÍA A DÍA

“Encontré una habitación estilo campamento. Pago 30 mil. Tuve suerte, porque en otras partes de la ciudad están entre 120 y 150 mil. Algo que, aunque es poco, es impagable para mí. Además, todas las semanas tengo entre 1 y 3 exámenes que yo mismo tengo que imprimir para poder presentar. Mi mamá me manda la mitad del CLAP, pero no es suficiente. Un estudiante de medicina que está todo el día en constantes actividades necesita alimentarse bien y descansar. No puedo trabajar y estudiar.  Ayer gasté 50mil, todo mi dinero para 2 semanas, en un cartón de huevos y medio kilo de carne”.

Además, las protestas de principios de años ralentizaron los procesos de primer semestre en todas las universidades a nivel nacional. Mientras los profesores se negaban a dar clases para que los “estudiantes” fueran a las protestas, todos los Eduardos del país sentían que perdían tiempo valioso. El mismo tiempo que pierden cuando se enteran de que se robaron los microscopios, los video beams, los aires acondicionados y hasta los pizarrones de los salones.  

Pero Eduardo no se quiere ir del país. “Yo, desde niño, estoy acostumbrado al esfuerzo”. Dice que aquí lo necesitan y que para él es impensable irse a entregar su conocimiento y sus destrezas a otras latitudes, cuando fue acá, en Venezuela, que tuvo la oportunidad de estudiar. No le parece justo. Él cree que aquí puede ser útil.

 “Aquí claro que hay futuro. Más en mi área: hay mucha necesidad. Mucha gente necesita atención. Y yo quiero y creo que puedo ser alguien que ayude a cambiar la situación”.  

Para ser médico hay que tener buen corazón. Esa prueba de vocación no se equivocó.