Manuel ya no alza la mano, ni se “molesta”. Le resulta problemático discutir con tantos profesores, porque siempre llega tarde y se muestra disperso; a pesar de esto hace un esfuerzo por mostrarse interesado, es transigente con el resto de sus compañeros, a la vez que entrega  a tiempo las tareas y se cuadra para avanzar en cuanto créditos se trata.

Ahorita le pesa pensar en todo el tiempo que perdió durante los primeros semestres –echando carro–. Renunció al trabajo en febrero del año pasado para concentrarse en sus materias; la liquidación y un dinerito extra que le quedaba lo gastó en curda y en comprarse unos dólares con los que aspira llegar a que lo rescaten en los dominios de Macri, cosa que se prospecta para el próximo año. Por el momento sigue todavía en la tierra que lo vio nacer, corto de efectivo, esperando nerviosamente en la fila del Redondo a que la rota tarjeta le pase correctamente por el punto de venta.

Si ha de comer algo antes de entrar a clase será cortesía del depósito que le hizo papá y mamá para este mes desde el extranjero: vive sólo en el apartamento que alguna vez resguardo a una familia de cuatro, más un perro y, “es arrecho porque hasta el perro se fue”. En otro contexto, este sería el sueño de cualquier joven universitario ansioso por fiestear e independizarse; pero para él “es una ladilla”, no detalla por qué.

Su cuento

“¿Ves esto?” Señala la parte interna de su antebrazo izquierdo; cuenta que así quedó luego de protegerse con su brazo del ataque de unos malandros en plena calle de La Candelaria –cerca de donde vive–, por no darles “la tábleh” –remedando a un malandro en su pronunciación y muecas–.

Es que yo no tenía ninguna tablet ¿qué les iba a dar?”. Afortunadamente el daño fue mínimo y los tipos se fueron rápido. La marca a la que se refería apenas se le distinguía del color moreno claro de su piel. Narró otro suceso, en el que lo habían golpeado varias veces y tirado contra el suelo por Parque Miranda para quitarle el bolso durante enero de este año; cuando hablaba señalaba varias veces un sector puntual de su hombro y del lateral de su alargado tronco cubierto por la chemise sin planchar.

“Todavía no recuerdo qué pasó bien-bien, a mí me contaron los que vieron de lejos la vaina, luego me fui con un mototaxista que me dio la cola a mi casa, casi que por lástima. Estaba agüevoniado, de pana me sentía mal, pensé que hasta contusión tenía, porque vomité y todo”.

Habla de otro singular evento que verdaderamente le afectó, en el marco de las protestas: “Si en ese momento hubiera tenido para comprar un pasaje, me iba sin título, ni nada”. Según él, por este tiempo es que se daría cuenta en mayor medida del enorme riesgo que representaba para él ser joven, estudiante universitario, y estar sólo –aquí, en Venezuela–. “Mis amigos se fueron hace rato, casi todos”. Manuel revisa el celular, imagino que se trata de su saldo bancario vía mensaje de texto, porque su angustia no se disimula.

“No me sirve ponerme romántico con el peo de la patria cuando ni siquiera puedo comprar suficiente comida, o bañarme con ducha o tener seguridad; yo parí para conseguir simples antibióticos que me mandaron cuando esto”, se señala el brazo, “imagínate si me hubiera pasado algo peor”.

Razones

Su familia se fue hace más de dos años y sabe del evento lo “justo y necesario”–igual de los otros tantos–, porque no los quiere preocupar de más. Especialmente a su mamá le urge que se “venga” con ellos, cada vez que puede se lo repite; de un tiempo para acá Manu ya no se da de rogar. “La única razón por la que sigo aquí es porque mi hermano insistió en que debía terminar la carrera; casi que me falta sólo la tesis y sería difícil obtener una licenciatura afuera. Ellos se encargan de vender el apartamento luego y todo lo que quede, así que por eso estoy relajado”.

Ambos padres de Manuel son de Ecuador, decidieron irse debido a la enfermedad de su papá; hace relativamente poco tiempo, su hermano mayor decidió mudarse junto a su esposa en Argentina donde actualmente esperan al último del clan. “Ecuador no está tan bien, en cambio en Argentina hay trabajo para mí; acá no queda casi nadie de mi familia y el país va de mal en peor: lo mejor es que me vaya”. Y sí, estando en su posición es perfectamente entendible.

La conversación tomó otro rumbo, uno menos agrio. Al terminar, me sonríe con amable prudencia y se pierde hacia el fondo del pasillo de Ingeniería, dejando tras sí la estela de quién, una vez ha decidido retirarse, no desea mirar atrás.