Jairo Johan Ortíz Bustamante tenía 19 años y un centenar de sueños. Se había declarado amante de las artes, la poesía, la fotografía, y… el café.

Las fotos le gustaban en blanco y negro, acompañadas siempre por alguna frase célebre de los más diversos autores: Miguel de Unamuno, Nicolás Maquiavelo, Albert Einstein, Salvador Dalí, Edgar Allan Poe. Pero, la vida, la prefería a color.

Por eso, se encargó de pintar, con una amplia gama, los días de “su negrita”: la hermanita de cinco años, a quien siempre exhibía, con orgullo, practicando karate. Un amor que solo podía compararse al que profesaba por sus padres o su novia, Oriana Delgado.

Oriana fue la protagonista de un sinfín de dedicatorias a través de su cuenta en la red social Instagram, las mismas publicaciones donde reiteraba que era “muy triste el punto y final de una novela, de una historia, de una relación, de una amistad, o de una vida”.

A todas leguas, Jairo jamás se imaginó que su punto y final llegaría la noche del jueves 6 de abril: El joven salió a acompañar a su novia a su casa y luego se encontró con un amigo en la esquina de la panadería Lady Pan, en el Centro Comercial Colinas de Carrizal, estado Miranda. Pero durante su trayecto, pasó muy cerca de una manifestación opositora, y de repente, la bala de un efectivo perforó su pecho: Rohen Luis Leonel Mata Rojas, de 27 años, actuó por cuenta propia, ya que la naturaleza de las funciones que desempeñaba (servicio de tránsito) no se corresponde con las funciones de orden público, ni se encuentra formado en el uso progresivo y diferenciado de la fuerza policial.

El funcionario fue detenido y, tras realizarse las debidas experticias balísticas, se comprobó su responsabilidad en el hecho. Pero, ni esto ni nada le devolvió la vida a Jairo. Por el contrario, su muerte apenas empezaba, pues para los autores intelectuales de aquellos hechos nada era suficiente: “Yo venía llegando del cementerio, cuando me llamó una mujer para darme el pésame, le di las gracias y entonces se identificó como María Corina Machado, yo le colgué. Sentí mucha rabia. Yo pudiese, como cualquier ciudadano venezolano, tener alguna inclinación política, pero politizar la muerte de mi hijo no me parecía”, relató Jairo Ortiz, padre del joven con el mismo nombre.

No obstante, su muerte si se politizó, y las falsas versiones en torno al hecho jamás cesaron. Incluso, un año después, su imagen continúa siendo utilizada como una de las banderas de la oposición. La misma oposición que arremetió contra su padre por el sencillo hecho de exigir respeto para su luto.

“Hasta mi propia hermana me llamó diciendo que me había vendido al gobierno, que me habían pagado un millón de dólares y no, pueden decir lo que quieran, pero yo sólo busco dejar en alto el nombre de mi hijo, las cosas en las que él creía”, dice Ortiz.

Para él, Jairo creía en el amor.  “Era un muchacho con buenas intenciones que odiaba la violencia (…)   A mi hijo nunca le gustó la política, nunca estuvo en ningún bando, mi hijo era totalmente pacífico (…) no era político, era poeta y estaba muy enamorado de su novia. Tenía muchas ilusiones

En twitter, Jairo, quien, además, cursaba estudios de Ingeniería en la Universidad Nacional Experimental Politécnica “Antonio José de Sucre”, no mostraba afinidad política alguna. De hecho, su descripción reza: “ideologías opuestas son amor y guerra, de cada quién depende cual aplique con firmeza”.

Hoy, a un año de su muerte, el pueblo venezolano, apostó por ponerle fin a la guerra y aplicó, sin dudarlo, la fuerza del amor… Por Jairo y las decenas de caídos: ¡Paz!