¡Puja que ahí viene, carajo!

Desgañitaba la abuela Leti, mientras Irma tenía las rodillas encajadas al suelo de la habitación, y con los brazos arriba sostenía su dolor de alumbramiento a un mecate amarrado a una viga del techo. Al fin, del ardiente fondo de Irma, salía aquella perfecta reunión de carne y huesos blandos, chillando en la primera respiración de vida. La abuela Leti recibió a la niña en un trapo viejo y la acercó a Irma para que la amamantara. Luego la lavó con agua de laguna puesta a calentar bajo el sol y depositó la placenta bajo la tierra del patio.

Así nació mi madre y así sus cuatro hermanas y dos hermanos. En casa, ayudada por aquella vieja, llamada abuela por todas las generaciones de las que fue partera. Sin complicaciones, sin medicamentos. El parir de mi abuela no la lastimó, y, como escribió la novelista neozelandesa Patricia Grace en Potiki, el llanto de sus hijas e hijos “no hizo que la tierra trepidase, ni que el cielo rugiese, ni formó rizos en la medianoche”.

Esta costumbre pretérita, conocida como parto humanizado, diluida en el transcurrir del último siglo por el avance de la ciencia médica, es una lucha que llevan adelante muchas doulas, parteras y promotoras venezolanas: “El parto humanizado es una acción política directa y transformadora, en él recordamos que es la mujer la que hace el trabajo y no el médico, recordamos nuestra capacidad de dar vida”, dice Liz Guaramato, una joven doula que ha acompañado los espacios de formación de las promotoras comunitarias del Plan Nacional de Parto Humanizado en Venezuela.

Esta política, emitida por el Ministerio del Poder Popular para la Mujer y la Igualdad de Género el 11 de julio del 2017, plantea el acompañamiento a las gestantes y a su familia, no solo durante el embarazo, sino incluso durante la lactancia, con círculos de apoyo para el cuidado amoroso.

Brevemente te explicamos el Plan Nacional de Parto Humanizado


Parir acompañadas

Las promotoras, de la mano de médicos comunitarios, reciben formación para dar acompañamiento en las comunidades a las mujeres gestantes, realizar seguimiento de las citas médicas, garantizar que se realicen los exámenes, que mantengan una alimentación adecuada, y reciban todos los cuidados necesarios. Se trata de una labor política en la que se concentra un “sueño histórico”: dejar de patologizar el cuerpo de la mujer: “Nuestro cuerpo está en medio de una sociedad patriarcal que no comprende sus procesos, se tratan la menstruación y el embarazo como enfermedades. Las mujeres dan a luz en el mismo recinto en el que se encuentran personas con enfermedades crónicas e infecciones”, comenta Liz. Mujeres alarmadas hace décadas por el temor de las “complicaciones”, pero Liz también da las referencias actuales:

 

Solo entre el 10% y 15% de los embarazos pueden ser de alto riesgo, lo que implica un seguimiento más exhaustivo de los médicos especialistas, en el otro 85% de los casos las mujeres podrían parir junto a su núcleo familiar y amigos en espacios como redes ambulatorias primarias.

Desafíos

Yzomar Oviedo es gineco-obstetra en ejercicio desde hace treinta años, para ella los principales desafíos para el gremio médico es tener la preparación física, mental e intelectual para la atención del trabajo de parto humanizado, que puede ir de 6 a 10 horas aproximadamente; contar con el espacio físico adecuado y equipado, cercano a un centro hospitalario en donde se cuente con una emergencia obstétrica, un quirófano y hasta una unidad de cuidados intensivos en caso de que surjan complicaciones que pudieran poner en riesgo la vida de la madre y la del bebé.

Para Liz son dos los retos principales: convertirnos en promotoras del parto humanizado como parte de nuestros derechos sexuales y reproductivos, y atender a lo que nuestro cuerpo nos grita: volver a reconectarnos con él. “En el ejercicio del parto humanizado resuenan las necesidades de las mujeres del pueblo”.

Parto humanizado como lucha política que zanje la hegemonía médica que nos separa de las técnicas sanas y ancestrales de dar vida, parto humanizado como memoria viva que reconozca a todas aquellas mujeres que, como Leticia, fueron llamadas brujas cuando a los pueblos llegó la medicina moderna occidental. “En aquellos años los médicos empezaron a prohibir que las mujeres parieran en sus casas, acompañadas de su familia, por eso yo no supe otra manera de parir que no fuera sola y en un hospital”, cuenta mi madre. La abuela Leti murió sola en su rancho, rodeada de su camada de perros. Junto a ella se fueron sus saberes de luz. Hoy nos seguimos pariendo, y las rodillas nos gritan la necesidad de volver a plantarse sobre esta tierra.

BONUS: Plan Nacional de Parto Humanizado en detalle


Plan Nacional de Parto Humanizado. Presentación


Programa de Formación Promotoras Parto Humanizado