Dicen que soy la muerta-aparecida,

la encontrada muerta,

eso dicen los medios

que me siguen asesinando.

Flor Codagnone

Nombrar

Decir que en el año 2012 hubo 86 femicidios, no es igual a conocer que dentro de esa cifra está Mariana Brujes. Solo tenía 25 años cuando su novio le disparó, metió su cuerpo en una bolsa y lo abandonó en el casco central de Maracaibo, únicamente porque Mariana se negó a tener relaciones sexuales con él.

Decir que nada más en el primer semestre del año 2014 se reportaron 60 casos de femicidio no es comparable a saber que ese número encierra a Belzaida Mendoza. Apenas comenzando el año su exnovio la esperó afuera de casa, y a las 7:30 de la mañana le disparó tres veces en la cara porque Belzaida no quiso volver a ser su pareja. Ella tenía 18 años.

En el 2015, el Ministerio Público confirmó 121 femicidios consumados, que no es igual a contar cómo ese año la tierra seguía arrojando a la superficie trazos de la violencia pasada: Nancy Sánchez desapareció una noche al salir de una fiesta el año 2014, y no fue sino hasta mayo del 2015 cuando la consiguieron. Sus restos habían sido enterrados dentro de una bolsa en un terreno de la carretera vieja Petare-Guarenas. Tenía 33 años cuando fue asesinada con un revólver por su exnovio.

Durante el 2016, se registraron 122 femicidios ejecutados. Entre ellos no debería estar Franchesca Carrillo, una adolescente de 13 años que fue violada y golpeada hasta la muerte por seis hombres jóvenes.

Y como el femicida no discrimina extracción etaria, en el 2017 dos hombres violaron y asfixiaron a Teresa Leal Zúñiga de 88 años.

Estas son necesarias estadísticas para ver márgenes de agresiones, pero lo invisible debe aludirse: nombres, apellidos, edades, rostros, calidez, voz y presencia. Todo esto fueron las mujeres que tomaron un espacio del mundo y un día terminaron reducidas a vestigios dentro de una bolsa de basura, mandadas al fondo del suelo a causa de la expresión más extrema de la violencia de género: el femicidio. Un crimen que describe el asesinato motivado por el odio o desprecio de que una mujer simplemente sea mujer.


 

Sobre este tema conversamos con @GiocondaMota:  Integrante de la organización La Araña Feminista (@redAracnida)

Mota hace habla sobre la insuficiencia de las herramientas legales existentes en el país y propone algunos desafíos para enfrentar esta realidad de manera estructural:

En Venezuela desde el año 2014, tras una reforma parcial a la Ley por el derecho de la mujer a una vida libre de violencia, presentada por el Ministerio Público, se incorporaron como delitos el femicidio y la inducción al suicidio. La acción permitió empezar a visibilizar las cantidades de casos de violencia de género, y estos cálculos arrojan que entre los años 2015 y 2016 cada tres días murió una mujer por estas razones.

“Tenemos la promulgación en el año 2007 de esta Ley maravillosa y completa que responde a los preceptos de Belem do Pará, es decir, está orientada a la defensa de los derechos humanos de las mujeres. Ha habido también un impulso de fiscalías, defensorías y tribunales especializados. ¿Eso ha sido suficiente? Definitivamente no”, comenta Gioconda Mota Gutiérrez, militante feminista y productora audiovisual, hija de la bailarina condecorada y profesora de danza, Gladys Alicia, quien fue asesinada en 1982 por su esposo.

Como parte directa de un espacio familiar herido por esta forma de violencia, y como militante, Gioconda habla desde un trabajo de seguimiento e investigación. ¿Por qué para ella las herramientas legales no son suficientes? Porque estos mecanismos no necesariamente han incidido en una reducción de la problemática, ni en una mejoría de los procesos de administración de justicia, ¿el foco ha estado bien puesto?

Gioconda hace énfasis en la importancia de comprender hacia dónde debe ir la ruta de actuación del Estado y de la sociedad, esto es, asumir que el femicidio es una violencia cruenta que forma parte de un proceso sistémico, que es una problemática social invisibilizada, profunda, grave, y poco atendida: “Las actuaciones deberían ir en múltiples dimensiones para no solo garantizar administración de justicia, sino también para evitar al máximo el femicidio”, y esto implica procesos de transformación cultural, social, humana, además de las actuaciones jurídicas concretas que incidan en el hecho preventivo.

Desde hace años las organizaciones de mujeres pugnan por la transformación de dos grandes aristas que también señala Gioconda: la dimensión cultural y la administración de justicia. “La cultural implica un proceso de reconocimiento de las violencias contra las mujeres, como parte de las dinámicas que generan identidad, consenso en el pueblo, en las localidades, comprender las particularidades y por ende ir generando una cultura de rechazo hacia el ejercicio de esas violencias en el ámbito de los hogares y en el ámbito público”.

Pero para lograr esto se requieren variados instrumentos, y para Gioconda debe haber en primer lugar una avanzada comunicacional: desarrollo de contenidos, campañas informativas transmediáticas, sistemáticas, continuas, en múltiples formatos, que correspondan a los grupos de edades, con un criterio abarcativo: “Que puedan decirle a la sociedad: este problema existe y hay que superarlo”.

Por otra parte, lo cultural también exige una transformación y adecuación formal, transversal y directa en los contenidos curriculares educativos desde la educación básica: “Esto implica la inclusión de contenidos de género que contribuyan a la supresión de los estereotipos que son la base en la que se sigue modelando un esquema de subordinación y subvaloración femenina frente a la masculina”. Cotidianamente nos encontramos frente a contenidos sexistas en los que se ridiculiza e hipersexualiza la imagen de la mujer, estereotipos emitidos en espacios publicitarios, programas dramáticos, informativos, seriados, y redes sociales.

¿Cuál es la propuesta de organizaciones como La Araña Feminista y mujeres ligadas al trabajo comunicacional? Producir contenidos y poner controles a la actuación que los medios tienen en ese proceso de socialización. Estos controles incluyen al ejercicio del periodismo que actualmente continúa tratando los casos de violencia de género como “crímenes pasionales”, lo que se traduce en una violencia mediática.

El tercer aspecto de la dimensión cultural que señala Gioconda tiene que ver con la organización popular y su impacto en los procesos de transformación humana: “Incorporar la agenda de género en los procesos comunales, organizativos de base, en los movimientos sociales. Dar vida a los comités de equidad e igualdad de género en los espacios del poder popular, de forma direccionada, estructurada y sistémica. Recuperar el mandato del socialismo feminista que bastante enunció el comandante Chávez”.

Los procedimientos legales han avanzado, pero el camino sigue con un andar trastabillante. Gioconda considera que la institucionalidad hay que territorializarla, acercarla a los espacios de vida de las mujeres, ampliarla a las mujeres que están en situación de riesgo de muerte, estas últimas deben tener espacios institucionales de abrigo y protección tanto para ellas como para su familia y las personas que dependen de ella, porque regularmente cuando una mujer está en riesgo también lo está su circuito más cercano.

La institucionalidad debe brindar un servicio a las mujeres que están atravesando situaciones de violencia, empezando por quienes reciben las denuncias y aquellos que están presentes durante todo el proceso: “Todo el peso de encontrar las pruebas recae sobre ella, el proceso se le hace cuesta arriba. Solo el 2% de los casos terminan en sentencia, y la gran mayoría son archivados o sobreseídos”, entonces sigue existiendo un elevado nivel de impunidad, ¿qué significa en concreto? Que las mujeres pierden confianza en el sistema de administración de justicia.

Ante este panorama, Gioconda hace propuestas concretas: lo primero es formar al personal de las instituciones, y si bien ha habido procesos formativos dirigidos a jueces y fiscales, cada vez se suma nuevo personal, por eso el proceso de formación debe ser permanente. “Se requiere trabajo preventivo en lo institucional, acciones de formación, divulgación, preparación, que se note un trabajo mancomunado. Debemos tener institutos municipales de la mujer en cada alcaldía, y la agenda del Instituto Nacional de la Mujer no debe simplemente ir a corear y a aplaudir en determinadas situaciones”. En resumen, enfocarse en las problemáticas centrales: violencias, problemas asociados a la salud sexual y salud reproductiva, a la autonomía, productividad económica.

¿Qué papel puede jugar la Asamblea Nacional Constituyente en esta lucha? Para la agenda feminista, para Gioconda, para muchas mujeres que por largo tiempo han vivido algún tipo de violencia o conocen el femicidio no solo de nombre, sino como una presencia brutal, la ANC está en el momento preciso de incidir en legislaciones específicas: la inclusión de contenidos de género, modificación curricular, formación docente en la Ley Orgánica de Educación. Además, la disposición de presupuestos en todas las instancias del Ejecutivo a nivel local, regional y nacional.

“Tenemos años diciendo que estamos en una Revolución con rostro de mujer, feminista, pero es casi increíble que en nuestro país no haya estadísticas de violencia hacia la mujer, ni estadísticas de género que son importantísimas para el desarrollo de políticas públicas”.

POR Mariana, Belzaida, Nancy, Franchesca, Teresa, por las que aún son buscadas, las que han denunciado, las que siguen bajo riesgo o encerradas en una cifra, nuestra primera conquista es comprender que el femicidio es la última expresión de todas las formas de violencia que las mujeres deben soportar a diario. Vamos a nombrarlas para hacerlas parte nuestra, para que su existencia no se borre, para verlas “emerger de la piedra”, como escribió la poeta Mayra Oyuela, verlas a cada una con “su furia de tierra/ su fuga de arena/ su derrame de viento nostálgico”.