Para algunos venezolanos el 2016 fue el año más complejo, para otros el 2017 le lleva una morena. Da igual, que el 31 de diciembre pasado, a la media noche, unos y otros hayan pedido (al comerse sus gajitos de mandarinas porque uvas ya no había) que “la situación mejorase”. En esa “cena de nochebuena”, los chavistas le recordaban a sus familiares y amigos opositores que hace un año (el 6 de diciembre del 2015) la MUD les prometió “la última cola”. Mientras que los opositores calculaban el costo de aquellas hallacas y la ironía de estar comiendo cochino importado. Para unos y otros, van cuatro años de vacas flacas y rabiosas, donde el pueblo se ha dedicado únicamente a resistir, porque estar de pie se convirtió en algo heroico. Hoy, sin embargo, nos preguntamos ¿cuánto tiempo más se puede correr detrás de la pelota sin caer derribados por el cansancio? Necesitamos un gol, o al menos: rozar el arco.

Hace apenas unos días, la  Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), la misma que durante una década celebró nuestros avances e incluso le colocó el nombre de “Hugo Chávez” a su plan de erradicación de la pobreza, alertó que el hambre se incrementó en toda América Latina (42,5 millones de latinoamericanos no contaron con la cantidad suficiente de alimentos para cubrir sus necesidades calóricas diarias).

La FAO agregó que Venezuela registró el mayor aumento en el número de subnutridos, pasando de 2,8 millones de personas en 2015 a 4,1 millones, el 13% de la población nacional.

Mientras tanto, el Fondo Monetario Internacional (FMI) publicó su último informe: Venezuela tendrá una inflación de 2.349% para el año 2018 con una contracción del 6%. Según ellos mismos, el año pasado la inflación fue de 254,4%, y hoy va por 652,7%.

¿Por qué el Estado venezolano no aporta los datos necesarios (mejor dicho: obligatorios) y nos ayuda a activar la contraloría social?

Pero ¿es el FMI una fuente confiable? ¿Cuáles son sus verdaderos intereses? ¿Por qué el Estado venezolano no aporta los datos necesarios (mejor dicho: obligatorios) y nos ayuda a activar la contraloría social? Develar esa incógnita quizás también sea uno de nuestros principales retos. No hay dudas: El desafío medular, ante la venidera época decembrina y para un 2018 electoral, reside en la economía

Los desafíos son así: situaciones difíciles o peligrosas con las que nos toca enfrentarnos.  A veces podemos elegir si asumirlos o no. Otras, hacerles frente es la única opción. Pero, para vencer debemos entender lo que pasa: nadie es capaz de amar lo que no conoce o de resolver lo que no comprende.

Allí reside nuestro primer desafío: Adentrarnos en la economía venezolana, y sus implicaciones en todas las esferas, saber que nos ha impedido avanzar o que nos ha hecho retroceder, con la finalidad de actuar.

Imaginemos que nos encontramos enfermos (una economía tan distorsionada como la nuestra no puede estar sana), entonces, lo primero que debemos hacer es buscar diagnósticos, tras obtenerlos (pues seguro serán varios), habremos de intentar entenderlos (pese a lo difícil de la letra médica), para discernir y seleccionar cuál tratamiento vamos a seguir.

Nos toca preguntarles a médicos, padres, curanderos, chamanes, viejitos, al olfato del pueblo, a la intuición militante:

¿Cómo podemos darle un parao a los precios? ¿Realmente tenemos que olvidarnos del petróleo? ¿Lograremos transitar del negocio importador a la verdadera producción? ¿Cuál mano hemos de tomar? ¿Qué pasa con nuestra producción agroalimentaria?, ¿es verdad que no existe? ¿Cuál es el estatus actual con las empresas públicas y las comunales? Mientras desciframos las respuestas ¿hallaremos efectivo? ¿Cuál ha sido y es el papel de la banca en esta crisis económica? ¿Quiénes pagan más, quienes pagan menos, y quienes no pagan impuestos? ¿Fracasó nuestro modelo o ni siquiera alcanzamos a implementarlo?

Si no encontramos los remedios que nos recomiendan (¿podremos romper el yugo farmacéutico?), o aplicarlos nos trae un costo político casi tan elevado como la inflación, levantaremos piedras, buscaremos terapias alternativas, aprenderemos sin necesidad de gurús, insistiremos en curarnos, nos empeñaremos en vivir, sin lamentarnos por haber dormido poco o no haber trotado lo suficiente, sin encerrarnos en lo que hicimos o dejamos de hacer, porque el tic tac del reloj nos increpa con más fuerza que nunca. Es un instante decisivo, ya no podemos esconder ni justificar nuestra enfermedad, mucho menos evadir el debate médico.

En el medio de nuestro desafíos, necesario es… resolver. Derrotar los grupos de poder propios y extraños, externos e internos, que insisten en negarnos la posibilidad de respirar. Al fin y al cabo: ¿Esto es o no es una “democracia participativa”? ¿Podemos o no influir en la institucionalidad nacional?