Cuando yo era chama amaba ir a un par de locales comerciales ubicados en La Candelaria donde siempre había “algo raro” que mirar: agua en potes hermosos (Evian), arroz negro (“Black rice”), aceitunas rellenas con mil y un cosas, frutos secos incluyendo algo muy dulce que llamaban “dátiles”, entre otras.

Sin embargo, las compras de mi vieja siempre finalizaban en lo mismo: bacalao y aceite de oliva. Mis padres son extranjeros, por ende, la “gastronomía” en casa siempre fue fusionada, y yo no le veía nada de extraño a eso.

Al crecer, empezaron los cuestionamientos en torno a mis hábitos alimenticios, la distancia que separa Europa de América, nuestras diferencias, el costo de aquellos gustos que en el caso de mis viejos eran añoranzas pero en el de nosotros son, de una u otra forma, sutiles imposiciones. Lo mismo que aquella ropa y botas de invierno utilizadas en el Caribe.

No se sabe cual es el remedio ni la enfermedad

Todos hemos escuchado, al menos una vez en la vida, que, desde principios del siglo XX, Venezuela empezó a depender de la renta petrolera y posteriormente se convirtió en una nación mayormente importadora: en 1925 el petróleo se convierte en la principal fuente de riqueza nacional, superando a la agricultura en su aporte al PIB.

 

Luego, en 1939, se firma el Tratado de Reciprocidad Comercial con los Estados Unidos, gracias al cual las importaciones norteamericanas entraban con preferencias arancelarias al país. Este modelo importador se consolidó tras el derrocamiento del proyecto de Siembra Petrolera del presidente Isaías Medina Angarita en octubre 1945.

Sin embargo, cuando corrían los años 50, una Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) adscrita a las Naciones Unidas (ONU) nos propuso una alternativa aparentemente distinta: sustituir esas importaciones.

 

Se supone que Venezuela iba a disminuir las importaciones de productos terminados y al mismo tiempo iba a exportar otros, pues lograría desarrollarse industrialmente, y generar divisas que sustituyeran o acompañará los ingresos petroleros.

Pero el plan, que duró desde 1958 hasta 1988, no resultó y lo que se vendió como una solución, pronto se convirtió en otro problema: se disminuyó la importación de productos terminados, pero creció la dependencia de materia prima, insumos, equipos, tecnología.

“El modelo de sustitución de importaciones, que era el único eje de desarrollo que había en el país y que comenzó a implementarlo en Venezuela Rómulo Betancourt, fue un desastre (…) a medida que iba incrementándose el modelo de sustitución de importaciones se iba desnacionalizando la industria interna, porque la burguesía no tuvo ni tiene ni capacidad científica, ni tecnológica, ni financiera”, explica el economista, filósofo y docente, Carlos Lazo.

Personajes de ayer y hoy

En esos 30 años de “sustitución de importaciones”, Venezuela despilfarro a través de esa clase importadora (la burguesía junto a la clase política dominante), 272 mil millones de dólares, cinco veces el monto otorgado por los EEUU para la reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial.

 

Por eso, a finales de 1989, Venezuela ofrecía un cuadro alarmante de empresas industriales privadas y públicas ineficientes y atrasadas, una deuda externa que se tragaba más o menos el 40% del presupuesto anual, un 70% de pobreza, los campos abandonados.

Además, la fuga de capitales era enorme. Solamente en el periodo comprendido entre 1979-1982, la fuga superó el 137% de los flujos brutos, es decir, salió más dinero del que entró por concepto de renta petrolera. Toda esta fuga, la direccionó el sector privado, que recibía abundantes créditos blandos, subsidios y subvenciones.

“El sector privado entró en huelga de inversiones desde 1979. El Estado quiso romper esa huelga aumentando la cantidad de créditos otorgados al sector privado, con la esperanza de que esto se tradujera en creación de riquezas, pero esto nunca pasó. Simplemente gran parte de esos créditos se transfirieron al exterior y ya (…) La Corporación Venezolana de Fomento, por ejemplo, prestó quince mil millones (de bolívares) y sólo recuperó mil quinientos”, señalaba Miguel Ignacio Purroy, banquero de vieja data, autor de “Pasado, presente y futuro de la deuda”.

 

Para tener un contexto histórico más preciso sobre este fenómeno, compartimos la edición hecha por el BCV a dos textos fundamentales de Orlando Araujo donde logra caracterizar breve pero magistralmente el desarrollo industrial en Venezuela

7 de 10 se dan al pire

El sector privado de aquella época exigía muchas divisas, pero no generaba ni un centavo de dólar, no le gustaba invertir ni producir, y mandaban a paraísos fiscales sus dólares mal habidos. ¿No les suena conocido? A Hugo Chávez sí:

“Nosotros parecemos pendejos dándole los dólares a la burguesía, a la pequeña burguesía, y ellos importan, subfacturan, sobrefacturan, compran en el exterior cualquier cosa que valga un dólar, nos piden más de lo que en realidad cuesta, y después vienen acá y lo venden en 5 dólares o el equivalente en bolívares. Eso es una cultura”, expresaba el Comandante en mayo del año 2010.

¿Esto ha cambiado? “Hoy las divisas que el Estado le da actualmente a la burguesía ‘para que produzcan e inviertan’ se fugan al extranjero a través de múltiples mecanismos, siendo el más notorio, la sobrefacturación de importaciones. Este fenómeno se conoce como fraude importador. Algunos estudios indican que hasta 7 de cada 10 dólares entregados por el Estado para importaciones al sector privado jamás llegan a los anaqueles venezolanos”, explica el psicólogo y experto en economía, Luis Enrique Gavazut.

El 65% del total de divisas que han ingresado al país desde el año 1999 hasta el 2014, se ha destinado a las importaciones. El 94% de ese 65% se ha consignado al sector privado.

“Además el sector privado importa más del 80%, de sus insumos intermedios y eso impide que se desarrollen las cadenas de valor con proveedores nacionales. Asimismo, el monopolio que poseen impide la entrada de nuevos competidores al mercado: ellos han llevado a la quiebra a muchísimas empresas pequeñas y medianas”, explica Gavazut.

Sin embargo, durante los últimos años, el gobierno bolivariano se enfocó en crear un mercado interno dinámico, con un alto poder adquisitivo, que permitiera un desarrollo a escala creciente de una industria nacional, hizo grandes inversiones, buscó diversificar las áreas productivas y los actores económicos (sin satanizar los ingresos petroleros ni su justa distribución), estatizó empresas, apostó a modelos comunales, ¿o no?.

¿Qué más necesitamos para que Venezuela pueda liberarse de esa dependencia importadora o tan siquiera de los mismos importadores? El tema aún pica y se extiende.