Hay un chavismo mayoritario que trabaja con mucho esfuerzo, a quien le arrecha la corrupción que se cuela en algunas oficinas, empresas y alcabalas del Estado. De la corrupción, a la mayoría chavista no puede responsabilizarse. Aquí los responsables son los encargados de investigar y castigar estos crímenes, y los propios corruptos, que por demás no deben ser considerados chavistas ni revolucionarios aún lo cuándo vociferen.

Un chavista de corazón no va en el mismo saco que el corrupto fanfarrón. La tarea del chavista de corazón es exigir transparencia radical en la gestión del Estado: importaciones, compra-venta de bonos, asignación de divisas y distribución de bienes adquiridos por el Estado para la producción.

Hay otra violencia aún no superada, que se sucede todos los días, que le pesa en los ojos y en el pecho del chavista de corazón cuando va al mercado, a la panadería o a la farmacia. Indignación, rabia y tristeza ante la violencia de precios que cual goteo va horadando no sólo expectativas, sino poder real, el poder del bolsillo del trabajador.

Y aunque un chavista de corazón tiene claro que el adversario descubrió en la saña económica contra el pueblo su más eficaz estrategia para quebrarnos, no puede dejar de preguntarse cómo llegamos hasta aquí. Un chavista de corazón está exigido de armar este rompecabezas, disponerse a entender y organizarse para disputar las razones y el tipo de soluciones económicas que daremos como Revolución.

 

Para un chavista de corazón es un desafío distinguir entre el pacto político y el pacto económico. Si gana el pacto económico no sólo le hemos tendido la alfombra para la reconstrucción política del adversario, sino que hemos perdido las banderas anti-capitalistas y anti-neoliberales que nos aglutinaron. Un pacto económico o “rectificar” respecto al “dogmatismo” del socialismo, implica desconocer los avances que el poder popular ha logrado en la invención de nuevas formas de producción. También implica equilibrar el poder que se cede al capital privado respecto al que se cede al poder popular.

Toca al chavista de corazón seguir fortaleciendo la capacidad del pueblo para producir y dirigir la política económica y es una tarea a la nunca se puede renunciar.  El pueblo nunca se traicionará a sí mismo.

Muy al contrario de cómo nos califica la derecha más despectiva focas “adoctrinadas” que aplauden todo lo que dicen y hacen nuestros dirigentes, un chavista de corazón es de los sujetos más irreverentes, críticos, agudos e inconformes con las contradicciones y errores que se suscitan mientras se desarrolla la revolución. Sin embargo, jamás abriría la boca para ser útil a sus opresores, jamás se prestaría para servir a su verdugo de clase.

Si bien esto puede fortalecernos en un sentido, en otro, condensa una cadena de malestares que el chavismo debe canalizar de alguna forma.

La lucha revolucionaria no se limita al control de los aparatos y recursos: una Revolución es fundamentalmente una lucha por la hegemonía política y sobre todo simbólica (lo que la gente piensa y considera verdadero e importante) de un pueblo, las revoluciones sólo son posibles porque la mayoría del pueblo, de la clase trabajadora, está convencida sobre la necesidad de implementar un proyecto específico de transformación nacional.

Ganar la Revolución es convencer a la mayoría.

Chávez lo dejó claro. Ganar la paz, además de neutralizar al enemigo derrotando sus intenciones belicistas, implica mantener los niveles de igualdad que logró la Revolución Bolivariana. Sin embargo, una paz anclada en un producto de exportación cuyo precio no es soberano, es una paz débil, coyuntural. Tampoco la igualdad se mide en función a cuántas lavadoras o carros compras, sino sobre todo cuánto poder puedes desarrollar para transformar tu realidad junto a los tuyos.

Entonces, si bien es cierto que la dirigencia libra una cruenta pelea para que lo poco que ingresa por concepto de ingreso petrolero se quede en los humildes, también es cierto que mientras a unos no les alcanza el salario hay otros (los que tienen dólares) que se llenan de lujos en la cara de todos. 

Un chavista de corazón necesita de indicadores para saber hacia dónde va este barco y desde allí poder construir una estrategia de victoria duradera, una estrategia de paz sustentable

La Constituyente es la oportunidad otorgada por el pueblo, no sólo para detener la violencia política, objetivo que cumplió eficazmente, sino también para re-pensar nuestro proyecto de Estado. ¿Cómo es el Estado bolivariano? ¿Qué de lo propuesto hemos logrado? ¿Qué nos falta? Bien haría falta una discusión de este orden en el seno de la Asamblea Nacional Constituyente.

El horizonte de país que construimos durante casi dos décadas junto a Chávez y entre nosotros requiere retomar escena, el Estado que hoy pensamos no es el mismo que pensábamos en 1999 El chavista de corazón no se mueve sólo reactivamente: es fundamentalmente un creador, también piensa y sueña con un país por venir que no quiere que se desdibuje. Por eso, está obligado a sacudir a la ANC para que no se quede con la constitución que redacten unos pocos sesudos, para que se mueva y se atreva a abrir, hoy cuando se puede, los debates estructurales por ese país que estamos ansiosos por terminar de transformar.