Unos días antes del 24 de diciembre, mi Consejo Comunal me avisó que debía tener “unos doscientos mil bolívares en efectivo” porque “en cualquier momento” llegaría “la caja de navidad más el pernil”.

Entonces, yo me dedique a ir día tras día a la taquilla del Banco de Venezuela en la Avenida Principal de Las Mercedes, cerca de mi oficina, para sacar los 20 mil bolívares permitidos.

En una de esas ajetreadas mañanas, le dije a la cajera:

         “Buen día. Para que por favor me de 20 bolívares”, al tiempo que le entregaba mi tarjeta de débito más la cédula.

         “¿20 bolívares o 20 mil bolívares?”, expresó la mujer, mientras se inmovilizaba a la espera de mi respuesta.

         “Como sea”, le dije, con mi mejor cara de culo.

Al salir, no sabía que me había molestado más: si su actitud o la mía, si su reclamo atorrante o que ni siquiera yo le consiguiese dar importancia al bolívar.

Al completar la paquita de billetes, porque afortunadamente eran de mil, la atesore en una gaveta, pero con el transcurrir de los días el efectivo se fue esfumando casi tan rápido como mi esperanza de obtener el pernil… que nunca llegó.

Para ñapa, en mi oficina, donde durante los últimos años nos habían dado de todo, tampoco se veía mucha luz:

         “Chama, que arrecha es la costumbre”, me dijo una compañera de trabajo.

         “¿De qué hablas tú ahora?”

         “Todas mis navidades han sido con pernil, no puedo creer que este año no habrá”

         “Yo antes de Chávez no sabía que era el pernil”, le dije, sin caer en cuenta de todo lo que escondía mi afirmación.

Un par de puestos más allá estaba sentado otro compa al borde del llanto porque a su carro se le había dañado una pieza que costaba 12 millones de bolívares… o más, porque dólar today había subido 3 veces en lo que iba de día. Del otro lado de la redacción, una mamá sacaba cuentas, intentando no rendirse ante sus anhelos de regalarle algo a su chipilín, porque “el año pasado los juguetes del CLAP llegaron casi en febrero y parecían relleno de piñata”. Yo mandaba un mensaje tras otro para intentar que mis tigritos me pagasen antes del 31 porque mi enero se avizoraba de lo más oscuro.

Por aquellos días, también me reuní con un viejo amigo, un funcionario que cumple tareas fuera del país y vino a pasar navidades con su familia:

         “Yo no sé cómo hacen”, me dijo, mientras relataba su asombro ante los precios y nuestra actitud: “La gente no habla de más nada”, sentenció.

Su frase “yo no sé como hacen” se quedó revoloteando en mi cabeza. La verdad, yo tampoco se cómo hacemos, pero estar sumergida en el corre-corre no me había permitido detenerme a pensarlo.

Mientras tanto, el continente se estremecía: los argentinos luchaban contra la ley previsional, los hondureños le hacían frente a un fraude electoral, los peruanos pedían la renuncia de su presidente, los brasileros contaban los días para el juicio definitorio contra Lula Da Silva, Trump hacía y deshacía, pero mi cabeza seguía preguntándose: ¿Cómo hacen? ¿Cómo hacemos?

De una u otra forma, mi contexto cercano me absorbía, faltaban pocos días para terminar el año, y aunque yo me la tire de grinch, hay algo de lo que nunca consigo escapar: el recuento de lo que fue y la formulación de expectativas (las malditas expectativas) en torno a lo que vendrá.

El 2017 fue un año de guarimbas, procesos electorales, sanciones gringas, transporte escaso, apagones, precios descontrolados, medicamentos desaparecidos, problemas con el efectivo, irregularidades con la gasolina, y… paciencia, paciencia, paciencia.

A mí 2018 le falta la arepa con el pernil que sobró de ayer, mi 2018 añora la frase “Mamá… ¡¿Otra vez hallaca?!”, pero, de una u otra forma, ya sabe valorar lo que en su momento parecía ser absolutamente insignificante, cotidiano, normal.

Mi 2018 arranca anhelando que las autoridades venezolanas también sepan valorar lo que hasta ahora pareciera no tener importancia: el reclamo constante de un pueblo asfixiado por una situación económica que se intensificará a medida que se acerquen las presidenciales.

 

¿Amanecerá y veremos? ¿Amanecerá? ¿Veremos?