Ser un millennials en Venezuela no es lo mismo que ser un millennials en cualquier otra parte del mundo. Para muchos, una mayoría importante, el sistema político no sirve para nada. Aún cuando se asumen humanistas y colaborativos pareciera que esto sólo es posible fuera del “sistema”.

Los millennials del mundo son sobre todo anti-sistema, algunxs dijeron: “no soy anti-sistema, el sistema es anti-yo”. Pareciera que el sistema que les haría comunes, humanos, iguales, no sirve, no liga, no une. Desde esta percepción, los políticos son malos, nadie piensa en los demás.

Los trabajos fijos son una quimera, la sobrecalificación y los trabajos sin sentido son una constante, hacerse estrellas de las redes sociales y vivir de la monetización de sus opiniones o sátiras sobre cómo debería ser el mundo son los anhelos de una generación que sigue desencantada con el mundo, pero que aún no se convence de sí misma, no cree  que pueda transformarlo.

Lo que queda afuera de sus vidas personales, sus egos y sus fotos, donde transcurre la política de los individuos “a solas”, parece ser un campo desierto donde sólo reinan mafias disfrazadas de discursos que no dicen nada, mientras la vida cuesta cada vez más y hacerse adulto es una proeza. 

Los millennials del mundo no conocen el placer de luchar por lo que une, ni han saboreado el gusto por la política, el gusto por la victoria de los de abajo contra los de arriba.

En Venezuela aprendimos a luchar, conocimos lo que era ganarle a los poderosos. Aprendimos que la política es amor, aprendimos que lo único que nos haría felices era el trabajar por y junto a los demás. Los millennials de Venezuela también somos anti-sistema, pero nos obsesionamos con un sistema que se pareciera a nosotros.

Tenemos que contarle al mundo sobre cómo nos enamoramos de la política, convirtiéndose en el sol que eclipsó nuestras vidas. Y aún cuando hoy pasamos por noches oscuras, no desistimos de nuestros afueras, de lo que somos junto a otros, de la política como la herramienta más poderosa con la que contamos para que vuelva a amanecer.

El 13 de abril del año 2002 nos permite contar de este amor. Dos día antes se desolaban los sueños de un país para todos: era posible una PDVSA [1] multimillonaria que podríamos tocar, que no sólo la veríamos en noticieros ni en los carros lujosos de algunos, mientras la mayoría languidecíamos de hambre y tristezas.

Un país donde la fuente de riqueza podía ser distribuida más equitativamente para una mejor vida para todos, era posible. Creíamos que de la mano de Chávez, bajo su cobijo, lo lograríamos, mientras esperábamos expectantes como niños. Como siempre, pensábamos que seres extraordinarios, superhéroes, podrían salvarnos, podrían regalarnos sueños y suturar nuestras heridas.

Chávez hacía tronar nuestros corazones, nos enseñaba de política, de cómo se usaba el poder que le habíamos dado con votos, un poder para hablar, para denunciar, para reclamar en nombre de todos. Agitó un candelero, desafío a los poderosos: les despidió públicamente, les dijo cuatro verdades sobre cómo nos habían robado, sobre cómo habían secuestrado por un siglo la riqueza de todos. Y esperó.

Reflexionaba a sus adentros: sino daba esa batalla, ninguna batalla sucesiva en los predios del poder del Estado tendría sentido, ése era el núcleo del poder y por lo tanto de la transformación más importante del momento. Estaba obligado a avanzar.

Los demonios reaccionaron con la soberbia que siempre les caracterizó, más de dos siglos mandando les tenían la voz entrenada, los cuerpos erguidos, las caras envilecidas, ellos y sus hijos salieron a las calles, sus pantallas de televisión se encendieron, sabían hablar, estaban indignados: que los indios y los pobres gobernasen era bastante como para que también quisieran controlar la fuente de la riqueza nacional. Y lo apostaron todo. Algunos hombres de armas los secundaron y llegó el apagón: secuestraron a Chávez, se lo llevaron, re-ocuparon sus espacios habituales: Miraflores.

Sueños rotos, esperanzas golpeadas. Nuevamente, parecía que volvíamos a perder. Una batalla más donde seguíamos sin poder contestar ante los robos, vejaciones y humillaciones de siglos. Y entonces, salimos del letargo: no éramos niños, y los superhéroes esta vez seríamos nosotros. Salimos de barrios, edificios, salieron de los cuarteles a reclamar a Chávez.

En las calles nos reconocíamos; tomamos Miraflores, el fuerte militar, ocupamos las pantallas, erguimos el cuerpo y las voces se amplificaron. Clamamos por el nuestro, el que habíamos elegido y más allá, le decíamos al mundo que en Venezuela no decide más nadie sino nosotros. Amaneció el 13 de abril y Chávez volvió a Miraflores. Habíamos ganado.

El 13 de abril más que amor, fue frenesí por la política. Reunió los acontecimientos y las sensaciones más mágicas de la acción política: hizo posible lo imposible. La movilización de los abajo, sus ganas, sus llantos, sus gritos, su fuerza, se hizo real, útil: cambió el curso de una historia inercial, hecha de victorias para pocos y sufrimiento para muchos, rompimos nuestras propias imposibilidades históricas.

Más allá de los miles de análisis políticos sobre las condiciones particulares del contexto venezolano para garantizar la derrota del golpe de Estado, a efectos nuestros, los millennials de Venezuela, ganar esta batalla supuso descubrir que: Chávez nunca lo hizo sólo, siempre lo hizo con el pueblo, con todos; ganar es posible cuando vibramos, amamos y defendemos lo que nos une, lo que nos hace iguales; reconocer lo que nos une siempre implica un acto de amor, de superación del ego-ismo, de gratuidad, de des-individuación, implica fundirnos en el otro, en los demás, que nunca son menos siempre son más; indignarse y luchar siempre será preferible a embriagarse y deprimirse, a evadir “el sistema”.

Mirar este 13 de abril 16 años después, sin Chávez y con una tormenta de dificultades y obstáculos, pone a prueba nuestras enseñanzas, nuestro espíritu, nuestras convicciones. Aún así, creo que ya no hay vuelta atrás: somos una generación que creció con la seña de lo posible. Somos distintos: seres de sueños, hazañas y victorias, ya no seres de resistencias, renuncias y resignaciones.

Sin duda esto ya cambia el cuadro de posibilidades políticas en nuestro país y en nuestro continente. Este continente cuenta con otros millennials, unos que no le tienen ni asco ni desconfianza a la política, están dispuestos a hacerla suya, a convertirla en un instrumento del amor, están dispuestos a seguir ganándole a los poderosos.

Y si llegase a perderse todo, si sucumbiéramos en ruinas y desastres, siempre quedaríamos nosotros, un ejército de reserva que hoy funciona como resorte ante los reflujos que se viven y mañana será palanca para seguir produciendo lo imposible, para seguir haciendo magia, cambiando lo imposible.

Celebremos el 13 de abril, día glorioso que nos hizo enamorarnos para siempre de la política y hacerla nuestra para vencer.

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[1] Petróleos de Venezuela: Compañía del Estado, la compañía más grande de Venezuela.